Estiraba la mano implorando una limosna…
nada tenía a mano, para poderle dar.
- ¡Trabaja sinvergüenza! - Gritó mi acompañante
cambió la luz a verde y tuve que arrancar
al pasar vi el rostro humillado del pequeño:
un puchero, una lágrima, a punto de brotar.
…¡Qué pena, qué dolor! - ¡Perdóname Señor…!

No hay comentarios:
Publicar un comentario